The road not taken, de Robert Frost.

Un profesor de inglés leyó este poema en clase, me queda muy grande así que no haré ningún comentario sobre él, temiendo perderme. Sólo invito a que lo disfruten:

Two roads diverged in a yellow wood,
And sorry I could not travel both
And be one traveler, long I stood
And looked down one as far as I could
To where it bent in the undergrowth;
Then took the other, as just as fair,
And having perhaps the better claim,
Because it was grassy and wanted wear;
Though as for that the passing there
Had worn them really about the same,
And both that morning equally lay
In leaves no step had trodden black.
Oh, I kept the first for another day!
Yet knowing how way leads on to way,
I doubted if I should ever come back. 
I shall be telling this with a sigh
Somewhere ages and ages hence:
Two roads diverged in a wood, and I-
I took the one less traveled by,
And that has made all the difference.
Robert Frost. (1920). The road not taken. En Mountain Interval (4). USA: Henry Holt.
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Pupilas: Rima XIII de Bécquer.

Tu pupila es azul, y cuando ríes
su claridad suave me recuerda
el trémulo fulgor de la mañana
que en el mar se refleja.
Tu pupila es azul, y cuando lloras
las trasparentes lágrimas en ella
se me figuran gotas de rocío
sobre una violeta.
Tu pupila es azul, y si en su fondo
como un punto de luz radía una idea,
me parece en el cielo de la tarde
una perdida estrella.

Gustavo Adolfo Bécquer. (1925). Rima XIII. En Rimas y Leyendas (19). New York: D. Appleton y Cía.

La poesía de Bécquer siempre me ha hecho sentir que vivo en un lugar remoto del mundo donde hay incansables lluvias y mucho frío, quizá el mismo frío que asesinó al poeta; mucho musgo; casas con paredes de piedra; los árboles son frondosos y sus hojas tienen un verde tan intenso, con tonalidades tan variadas que sólo un daltónico podría apreciarlo como se debe.

Entre tanta lluvia que veo caer a través de la ventana, confundo las gotas con pupilas y es allí donde el poema toma sentido. “Tu pupila es azul y cuando lloras / las transparentes lágrimas en ella / se me figuran gotas de rocío / sobre una violeta”.  Bécquer miraba a una persona de ojos azules, pero no era eso lo que veía en realidad.

El veía amaneceres claros, celestes, casi verdes, casi amarillos. Veía mares y océanos y ríos. Veía lluvia, veía flores, veía supernovas. La belleza nos hace egoístas, dejamos de observar a las personas para evocar, recordar o poseer  imágenes aún más hermosas que nos satisfacen mucho más que un ojo humano. Así es la poesía, nos hace viajar mucho más lejos de lo que percibimos, nos transforma. La poesía nos analiza y nos da lo que necesitamos, no sin antes quitarnos lo que nos sobra. Es por eso que cuesta tanto escribir sobre poesía, porque no eres tú quien escribe sobre ella, es ella la que te escribe a ti.

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Para Bécquer la poesía era una mujer de ojos azules, para mi la poesía es… Podría hacer un análisis acerca de este poema, diciendo cosas obvias como que Bécquer hace comparaciones entre las pupilas y la naturaleza, que el tema es el amor, que lo escribió él (por si las dudas), que era un español y que murió de frío y soledad. Pero no, no quiero ser obvia, quiero escribir aquí lo que el poema me susurra al oído.

En la primera estrofa la risa hace presencia, y se presenta tan azul, que se confunde con el canto de los pájaros y el vaivén de las olas. Este poema no es sobre pupilas.

En la segunda, una flor aparece en la escena y deja a todo el público en asombro, al brotar de algo tan íntimo y sincero como el llanto. No, no es sobre pupilas.

En la tercera el poeta se desvía de su camino, o quizá lo encuentra, y ya no es su risa o su llanto lo que le intriga, tampoco lo es el azul de sus ojos: son sus pensamientos, sus ideas, su intelecto se planta en el escenario como el actor que llegó tarde e intenta, en vano, que nadie note su retraso. Definitivamente, no es un poema sobre pupilas.

Si en algún momento Bécquer dejó de observar a la persona para evocar, recordar, o poseer otras imágenes, al instante regresa al presente y deja a un lado las divagaciones para concentrarse en la persona que tiene delante, que es culpable de esos versos tan azules. Esta es la deliciosa dualidad que la poesía nos regala.

Cada poema de las “Rimas” se me antoja como una tienda de muñecos, a los que se les puede apreciar, escuchar, sentir la textura de la tela de sus ropas mientras que el dueño no está mirando, pero no se puede jugar con ellos, porque puede que el poema te conozca más de lo que sabes y sea él quien juegue contigo.

Voz: Soneto LII de Pablo Neruda.

Cantas y a sol y a cielo con tu canto

tu voz desgrana el cereal del día,

hablan los pinos con su lengua verde:

trinan todas las aves del invierno.

El mar llena sus sótanos de pasos,

de campanas, cadenas y gemidos,

tintinean metales y utensilios,

suenan las ruedas de la caravana.

Pero solo tu voz escucho y sube

tu voz con vuelo y precisión de flecha,

baja tu voz con gravedad de lluvia,

tu voz esparce altísimas espadas,

vuelve tu voz cargada de violetas

y luego me acompaña por el cielo.

Pablo Neruda. (1959). Soneto LII. En Pablo Neruda: Antología General (346). España: Alfaguara.

“La poesía revela este mundo y crea otro”, dice Octavio Paz, pero la poesía de Pablo Neruda no solo revela al mundo, sino que revela también y tan bien a las personas. El soneto LII permite crear una mezcla entre el ave y el humano, el objeto y la naturaleza, lo que se va y lo que regresa, la metáfora pasa a un segundo plano donde es casi imperceptible, ya que las comparaciones son tan perfectas que se quedan flotando entre las fronteras de la realidad y la ficción.

Por otro lado, María Moliner define la poesía como un “género literario exquisito”. Personalmente defino este poema como exquisito simplemente, lo libero del encierro que arrastra pertenecer a un género específico. En un soneto se espera el desenlace en las últimas estrofas, pero en este, el lenguaje se une y a la vez se divide tan fácilmente, que se puede percibir a todo el poema como una sola obra o a cada verso como un solo poema.

Este soneto expresa una musicalidad que quizá se percibe inmediatamente por la presencia de la “voz” en él, pero más allá de eso se narran una serie de imágenes en cadena que permiten entender porqué este tipo de poema se conoce como “soneto”, ¿Por qué al leerlo pienso en el Danzón No. 2 de Márquez?… en los sube y baja de los violines, en las campanas, en las mareas, en los colores. Este poema evoca tantas cosas que se me hace muy fácil comprender porqué la poesía es tan difícil de definir.

Quizá Neruda pensaba en una mujer al escribir este soneto, quizá pensaba en alguna energía cósmica que lo define todo, que le pone voz y música de fondo a las palabras, en fin, eso nunca lo sabremos. Lo que casi podemos asegurar es que pensaba en música, y a su vez, me atrevo a decir que Márquez pensaba en poesía al componer.

“En el bosque”, de Eugenio Montejo.

En el bosque, donde es pecado hablar, pasearse,

no poseer raíz, no tener ramas, 

¿Qué puede hacer un hombre?

la soledad no basta para engañar al viento, de  ningún brazo se construye una puerta,

la piel, las uñas nunca sirven

para un nido de pájaros.

Y el viento lo sabe.

En el bosque, quien no ha logrado ser un árbol,

sólo puede llegar de parte del otoño

a pedir unas hojas, 

mejor si lleva harapos de mendigo, 

algún morral raído, un palo, un perro

y ninguna esperanza. 

Verá como lo trata el viento,

cómo su ofrenda le llenará las manos. 

Eugenio Montejo. (1978). En el bosque. En Terredad (19). Mérida: Ediciones Actual.

¿Qué puede hacer un hombre en el bosque? Me atrevo a decir que gracias a la literatura y la poesía, todos hemos tenido la sensación de haber visitado un bosque alguna vez, aunque esto no sea del todo cierto, los olores y colores que el viento trae han sido descritos tan perfectamente por los poetas, que leemos “bosque” y pensamos en musgo, en verde, en Sol y en Luna.

Octavio Paz dice muchas cosas, entre ellas dice que “el poema es un caracol donde resuena la música del mundo” entonces, ¿qué puede hacer un hombre con un poema sobre el bosque? Pues sencillamente puede escuchar los sonidos del viento, la impertinencia y el descaro de la soledad; puede tratar de ser árbol, hoja o pájaro, quizá sin lograrlo; pero finalmente, lo más sensato que un poema como “En el bosque” puede provocar en un hombre, es dejarlo solo al abandono del viento, alimentarse de sus frutos, intimar con sus árboles, conversar con sus pájaros, escuchar lo que tienen para decir y, por último, tomar la decisión de irse, como Thoreau y convertirse en literatura y poesía.

Montejo expresa una relación hombre-naturaleza que se evidencia en Walden, La vida en los bosques: “Cuando escribí las páginas que siguen, o más bien la mayoría de ellas, vivía solo en los bosques, a una milla del vecino más próximo, en una cabaña que construí yo mismo junto a la orilla de la laguna de Walden, en Concord, Massachusetts, al tiempo que me ganaba el sustento con la labor de mis manos. Allí viví dos años y dos meses.”

“En el bosque” te deja padeciendo tus conocimientos, te hace desear nacer de nuevo y ésta vez, ser árbol, ya que /la soledad no basta para engañar al viento/ y /de ningún brazo se construye una puerta/.

Sin duda estas maravillas naturales han inspirado a muchos. Personalmente no sé qué es el bosque para Henry, para Octavio, o para Eugenio, pero sí, puedo imaginar al bosque que se describe en el poema como un todo, como una persona, que te cautiva y te intriga, te mira con ojos verdes  inquisidores y te pregunta: ¿Cuál es tu bosque?.

Prosas Apátridas y Escritura de Ficción en Julio Ramón Ribeyro.

En el prólogo de Prosas Apátridas, Ribeyro explica que no se trata de las prosas de un apátrida, sino de textos que carecen de un lugar entre sus cosas, entre sus libros, no pertenecen a ningún género ni sitio en la literatura. Sin embargo, las Prosas Apátridas de Ribeyro han encontrado su lugar en cada lector que ha tenido la dicha de perderse en ellas por un rato largo o quizás no tanto, han encontrado su lugar en bibliotecas personales y en una que otra biblioteca pública, pero el 27 de Noviembre de 2.014 las Prosas encontraron un acogedor lugar entre un grupo de lectores que se reunieron únicamente para eso, leer. Entre libros viejos, no tan viejos, revistas y arte, la audiencia se sumergió en cada fragmento creado sin ningún orden y quizás, sin razón de ser.

        “¿Qué cosa hay que poner en una obra para durar?” Se pregunta Ribeyro en su primera prosa, que sospecho no fue la primera, pero expresa la valentía necesaria para ubicarla en el preámbulo de un libro. “¿Qué cosa hay que poner en una obra para durar?” Probablemente nadie lo sepa, pero la obra de Ribeyro duró en mi cabeza, me despertó el interés por leer más de él, me atrajo un acto tan sencillo como reunirse con viejos y nuevos amigos y leer, escuchar, comentar, escribir sobre ello.

        El conversatorio sobre Ribeyro me introdujo a un mundo que no conocía y que conocí casi por obligación. Nunca confié en la lectura grupal, nunca la consideré posible desde ningún punto de vista, incluye distracciones, gente hablando cuando no debe, ruidos molestos, sin embargo, al experimentarlo descubrí que de hecho sí es posible concentrarse en lo que se lee o se escucha a pesar de las personas alrededor. Mi conclusión es que esa mañana tanto las prosas sin ninguna patria, como un grupo de estudiantes, profesores y yo, encontramos un lugar entre los libros, un sitio en nuestra casa y un género literario al cual pertenecer.

Julio Ramón Ribeyro. (2007). Prosas Apátridas. España: Seix Barral.

“Todo el enorme, indispensable y asombroso conocimiento humano está erigido sobre una ignorancia fundamental”. Rafael Cadenas.

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Rafael Cadenas. (1992). Dichos. Venezuela: Monte Ávila.

El dicho, frase, oración en cuestión me pareció una burla al leerla por primera vez, pasó por mi vista sin mucho alardeo, sin generar grandes dudas ni intereses, sin embargo, al releerla noté que no es tan odiosa ni sarcástica como aparenta, sencillamente es verdadera. Entre opiniones como “Mucho saben los que no saben nada” que simplifican el sentido del conocimiento hasta niveles inesperados fundamentándose en que el hombre cree conocer mucho de todo cuando en realidad su vida transcurre sin saber nada de nada, yo elijo opiniones como la de Thoreau, en Walden. “Siempre he deplorado no ser tan sabio como lo era el día en que nací”. Eso demanda la frase de Cadenas para mí: saber que en realidad no sé cuándo empecé a saber, si es que algo sé…

Si hoy somos conocedores, significa que por regla natural, debimos ser ignorantes alguna vez, quizá hace unos años, quizá hace unas horas. El final debió tener un principio, el café no estaba listo antes de ser servido. Así que es factible despojarse de esa distinción que hacemos al conocer a una persona o que empleamos con ella al tiempo, por creernos superiores en conocimientos, costumbres y demás formalismos sociales.

Dicho esto, ya no me parece tan ofensiva la palabra “ignorante”, verbo ignorar, latín ignorare, no saber. Podría alegar que “sólo sé que no sé nada”, pero en realidad no tengo muy claro si fue Platón o Sócrates quien lo dijo debido a la controversia; una vez más soy ignorante ya que ignoro algo, no todo, puesto que hay mucho que sé y otro tanto que no quisiera saber, y sí, el conocimiento es enorme, indispensable y sobre todo asombroso.

Acerca de Divisadero: un millar de lirios sobre la tumba de Colette.

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Michael Ondaatje es conocido por sus obras de poesía. Técnicamente hablando “Divisadero” podría ser considerado como prosa pero… Michael Ondaatje es conocido por sus obras de poesía, repito. Aparentemente es sólo una novela, de género drámatico dirían muchos, está dividido en capítulos que marcan pausas más o menos notables si se lee sin ningún interés, tiene todas las características de una novela, pero no, más bien es un poema, uno bastante largo. “De la primera a la última frase, este es un hermoso cuento, poético y con un toque humano” comentó USA Today sobre Divisadero. La confusión vuelve, ¿es una novela, es un cuento o es un poema? ¿es prosa o es poesía? ¿es una mezcla de las dos?

Independientemente de los géneros, las clasificaciones, los tecnicismos, los tipos de textos y todo eso de lo que uno no se acuerda cuando lee algo que le gusta, aparece una obra sencilla y hermosa, se conoce la vida de Anna, de Claire y de Coop, se intenta entrelazar las tres vidas y no se puede, se intenta separarlas y es aún más difícil, es imposible leer con estándares este libro. Durante toda la lectura se espera algo sorprendente, decisivo, revelador, y al terminar de leer se descubre que todo lo sorprendente, decisivo y revelador, se deja al desnudo en el nombre, en el principio, en la primera línea, en el acto más insignificante.

Ondaatje convierte la prosa en poesía y la poesía en prosa, no se conoce el principio de una ni el fin de la otra, los paisajes te llevan a recordar costumbres simples de la niñez, malas costumbres de la adultez, errores, decisiones… acerté, sí, esta vez lo hice, elegí el libro adecuado para un rato libre.

Este no es un libro donde se encontrarán horrorosas criaturas mitológicas o secretos de familias que ponen en riesgo la vida de toda la humanidad o mujeres feas que se vuelven bonitas. Aquí no encontrarán nada que llame mucho la atención a simple vista, hay que navegar y sumergirse, lo que se cuenta es un susurro casi imperceptible, callado, humilde. Ni siquiera voy a intentar clasificarlo, este libro se quedará con muchos otros que no tienen género, junto a “Los Pasos Perdidos” de Carpentier y pidiéndole un poco de espacio a Ribeyro y sus prosas sin bandera ni patria.

El millar de lirios sobre la tumba de Colette, la desnuda escena final para la historia de una mujer que nunca supo cual fue su principio ni su fin, el centauro que tomó el control del universo, son sólo algunas de las marcas que ciertos libros dejan, los más afortunados por supuesto serán recomendados insistiendo en que “no se debe preguntar por qué, simplemente se debe leer”. Divisadero no es uno de esos libros, no lo recomiendo por la sencilla razón de que a nadie le gusta sentir que una pila de hojas que no tienen vida propia te conocen tan a fondo y saben exactamente lo que estás pensando cuando lees. Sin embargo, para los valientes, no esperen prisas ni relatos sorprendentes, aunque serán sorprendidos muy rápido.

Michael Ondaatje. (2008). Divisadero. Bogotá: Alfaguara.

La verdad que los muertos conocen, Anne Sexton.

Se acabó, digo, y me alejo de la iglesia,
rehusando la rígida procesión hacia la sepultura,
dejando a los muertos viajar solos en el coche fúnebre.
Es junio. Estoy cansada de ser valiente.
Conducimos hasta el Cabo. Crezco
por donde el sol se derrama desde el cielo,
por donde el mar se mece como una cancela
y nos emocionamos. Es en otro país donde muere la gente.
Querido, el viento se desploma como piedras
desde la bondadosa agua y cuando nos tocamos
nos penetramos por completo. Nadie está solo.
Los hombres matan por ello, o por cosas así.
¿Y qué ocurre con los muertos? Yacen sin zapatos
en sus barcas de piedra. Son más parecidos a la piedra
de lo que lo sería el mar si se detuviera. Rehusan
ser bendecidos, garganta, ojo y nudillo.

Anne Sexton. (1996). La verdad que los muertos conocen. En El Asesino y Otros Poemas (17). España: Icaria Editorial.

(Anne Sexton, premio Pulitzer de poesía 1967.)

Al leer este poema por primera vez, una frase quedó inherente en mi memoria para siempre: “Es en otro país donde muere la gente”. Así, cada vez que una persona cercana a mí muere, observo las reacciones de sus seres queridos, observo también la mía si es el caso. Fijo mi atención en cómo se lidia con el duelo, cómo las personas se sienten antes, durante y después; pero sobre todo soy atenta al después, ya que es allí donde la frase toma sentido. La gente muere en otro sitio, el duelo se vuelve lejano, a veces se olvida, y los que no olvidan parecen estar aquí, pero en realidad se van a ese país desconocido a vivir con los que murieron.

            Anne Sexton transmite en su poema el fin de todo, un final tan definitivo que ni siquiera se da en el mismo sitio donde comenzó. También transmite empatía y tristeza, pero enfatiza la soledad del ser humano, el mismo que cree estar acompañado y es capaz de matar por ello, como dice el texto. Probablemente pueda pasar horas hablando sobre este poema sin encontrar un objetivo crítico, no podría, aunque quisiera, ya que algunos textos son más crueles que otros, o quizá yo sea más susceptible y débil ante ellos. Lo que sí puedo comentar es que el poema empieza por el final, narra el final, y termina en el principio, termina quizá sobre la misma roca donde se escribió, donde la autora tomó lápiz, papel, se sentó y escribió, ordenó sus ideas como solía hacerlo y las plasmó en letras; éstas llegaron a mi y me hicieron pensar, me hicieron llorar una vez, me hicieron recomendar el poema a ciertas personas, me hicieron ganar el premio a la cursilería humana, me hicieron escribir, me hicieron releer, me hicieron encontrar un final. Me hicieron.