Archivo de la categoría: Poesía

Poetas ingleses: Poemas que son plantas.

W.H. Auden.

Song: Stop all the clocks. 

Stop all the clocks, cut off the telephone,
Prevent the dog from barking with a juicy bone,
Silence the pianos and with muffled drum
Bring out the coffin, let the mourners come.

Let aeroplanes circle moaning overhead
Scribbling on the sky the message He Is Dead,
Put crepe bows round the white necks of the public doves,
Let the traffic policemen wear black cotton gloves.

He was my North, my South, my East and West,
My working week and my Sunday rest,
My noon, my midnight, my talk, my song;
I thought that love would last for ever: I was wrong.

The stars are not wanted now: put out every one;
Pack up the moon and dismantle the sun;
Pour away the ocean and sweep up the wood.
For nothing now can ever come to any good.

Las enredaderas se adhieren y se extienden… Como este poema. 

Hopkins.

Heaven – Haven

A nun takes the veil

I have desired to go
Where springs not fail,
To fields where flies no sharp and sided hail,
And a few lilies blow.

And I have asked to be
Where no storms come,
Where the green swell is in the havens dumb,
And out of the swing of the sea.

And a few lilies blow.

C.Day Lewis.

Now she is like the white tree-rose

Now she is like the white tree-rose

That takes a blessing from the sun:

Summer has filled her veins with light,

And her warm heart is washed with noon.

Or as a poplar, ceaselessly

Gives a soft answer to the wind:

Cool on the light her leaves lie sleeping,

Folding a column of sweet sound.

Powder the stars. Forbid the night

To wear those brilliants for a brooch

So soon, dark death, you may close down

The mines that made this beauty rich.

Her thoughts are pleiads, stooping low

O’er glades where nightingale has flown:

And like the luminous night around her

She has at heart a certain dawn.

image

Now she is like the white tree-rose

That takes a blessing from the sun

Bibliografía consultada:

-L. Untermeyer. (1950). Modern American Poetry & Modern British Poetry. New York: Harcourt, Brace and Company.

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Trece maneras de mirar un mirlo: Trece poetas norteamericanos.

I

Entre veinte montes nevados,

La única cosa en movimento

Era el ojo de un mirlo.

W.S.

Conrad Aiken: Encuentro.

¿Por qué te contemplo? ¿Por qué te toco? ¿Qué busco en ti,

mujer,

que he de apresurarme para estar contigo una vez más?

¿Por qué debo sondear nuevamente tu nada abisal

y extraer nada más que dolor?

Fijamente, fijamente miro tus ojos acuosos; pero no quedo más

convencido.

Ahora que alguna otra vez

de que sólo son dos espejos que reflejan la luz del

firmamento,

eso y nada más.

Y aprieto tu cuerpo contra mi cuerpo como si esperara abrirme

una brecha

directamente a otra esfera;

Y me esfuerzo por hablar contigo con palabras más allá de mi palabra,

en las que todas las cosas son claras,

hasta que exhausto me hundo una vez más en tu nada abisal

y la fría nada de mí:

Tú, riendo y llorando en este cuarto ridículo

con tu mano sobre mi rodilla;

Llorando porque me crees perverso y desdichado; y riendo

por hallar nuestro amor tan extraño;

Con la vista mutuamente clavada en una última esperanza,

ciega y desesperada,

de que el mundo entero cambie.

II

Yo tenía tres modos de pensar,

como un árbol

en el que hay tres mirlos.

W.S.

Elizabeth Bishop: Visitas a St. Elizabeths.

Ésta es la casa de los locos.

Éste es el hombre

que está en la casa de los locos.

Éste es el tiempo

del hombre trágico

que está en la casa de los locos.

Éste es el reloj-pulsera

que da la hora

del hombre locuaz

que está en la casa de los locos.

Éste es el marinero

que usa el reloj

que da la hora

del hombre tan celebrado

que está en la casa de los locos.

Éste es la rada hecha de tablas

adonde llega el marinero

que usa el reloj

que da la hora

del viejo valeroso

que está en la casa de los locos.

Éstos son los años y los muros del dormitorio,

el viento y las nubes del mar de tablas

navegado por el marinero

que usa el reloj

que da la hora

del maníaco

que está en la casa de los locos.

Éste es un judío con un gorro de papel periódico

que baila llorando por el dormitorio

sobre el mar de tablas rechinantes

más allá del marinero

que da cuerda al reloj

que da la hora

del hombre cruel

que está en la casa de los locos.

Éste es un universo de libros desinflados.

Éste un judío con un gorro de papel periódico

que baila llorando por el dormitorio

sobre el rechinante mar de tablas

del marinero ido

que da cuerda al reloj

que da la hora

del hombre atareado

que está en la casa de los locos.

Éstos son los años y los muros y la puerta

que se cierra sobre un muchacho que golpetea el piso

para saber si el mundo está allí y si es plano.

Éste es un judío con un gorro de papel periódico

que baila alegremente por el dormitorio

en los mares de tablas que se van

más allá del marinero de los ojos en blanco

que sacude el reloj

que da la hora

del poeta, el hombre

que está en la casa de los locos.

Éste es el soldado que vuelve de la guerra.

Éstos son los años y los muros y la puerta

que se cierra sobre un muchacho que golpetea el piso

para saber si el mundo es plano o redondo.

Éste es un judío con un gorro de papel periódico

que baila con cuidado por el dormitorio

caminando sobre la tabla de un ataúd

con el marinero chiflado

que muestra el reloj

que da la hora

del desdichado

que está en la casa de los locos.

III

El mirlo giraba en los vientos de otoño.

Era una pequeña parte de la pantomina.

W.S.

e.e. cummings: Que mi corazón…

Que mi corazón esté siempre abierto a los pequeños

pájaros que son los secretos de la vida

lo que sea que ellos canten es mejor que conocer

y si los hombres no los escuchan son hombres viejos

que mi mente pueda deambular hambrienta

y sin miedo y sedienta y flexible

y aún si es domingo que yo pueda estar equivocado

pues cada vez que un hombre tiene razón no es joven

y que yo mismo no pueda hacer algo útil

y amarte más que verdaderamente, mucho más

nunca ha habido alguien tan tonto como para fracasar

al cubrirse todo el cielo con una sola sonrisa.

IV

Un hombre y una mujer

Son uno.

Un hombre, una mujer y un mirlo

Son uno.

W.S.

Robert Frost: Hielo y Fuego.

Unos dicen que el mundo terminará en fuego,

otros dicen que en hielo.

Por lo que he gustado del deseo,

estoy con los partidarios del fuego.

Pero si tuviera que sucumbir dos veces,

creo saber bastante acerca del odio

como para decir que en la destrucción el hielo

también es poderoso

Y bastaría.

V

No sé qué preferir

Si la belleza de las inflexiones

O la belleza de las insinuaciones.

El mirlo cuando silba

O cuando acaba de hacerlo.

W.S.

Emily Dickinson: Morí por la belleza.

Morí por la belleza, pero apenas

acomodada en la tumba,

Uno que murió por la verdad yacía

En un cuarto contiguo.

Me preguntó en voz baja por qué morí.

-Por la belleza- repliqué.

-Y yo por la verdad, las dos son una

-Somos hermanos –dijo.

Y así, como parientes, reunidos una noche

hablamos de un cuarto a otro

hasta que el musgo alcanzó nuestros labios

y cubrió nuestros nombres.

VI

Los carámbanos cubrían la ancha ventana

Con bárbaro cristal.

La sombra del mirlo

La atravesaba, de acá para allá.

El ánimo

Trazó en la sombra

Una causa indescifrable.

W.S.

Anne Sexton: Descalza.

Amarme sin mis zapatos

significa amar mis largas y bronceadas piernas

adoradas, buenas como cucharas;

y mis pies, esos dos niños

que salían a jugar desnudos. Intrincados nudos,

mis dedos. No están más juntos.

Mejor aún, ver las uñas de mis dedos

todos los diez pasos, raíz por raíz.

Todos vivaces y salvajes, este cerdito

fue al mercado y este cerdito

se quedó. Mis largas y bronceadas piernas como

mis dedos largos y bronceados.

Más arriba, mi amor, la mujer

está invocando sus secretos, pequeñas casas,

pequeñas lenguas que te hablan.

No hay nadie más que nosotros

en este fragmento peninsular.

El mar usa una campana en su ombligo

y yo soy tu criada descalza toda

la semana. ¿Quieres salami?

No. ¿Prefieres un wiski?

No. Tú en realidad no tomas. Mejor me tomas

a mí. Las gaviotas devoran peces,

que lloran como niños asustados.

El oleaje narcótico, reclama.

Yo soy, yo soy, yo soy

toda la noche. Descalza,

subo y bajo por tu espalda.

En la mañana corro recámara a recámara

de la cabaña que juega a la persecución.

Ahora me tomas de los tobillos,

subes por mis piernas,

hasta que llegas a perforar el hambre de mis ansias.

VII

Oh enjutos hombres de Haddam,

¿Por qué imagináis pájaros de oro?

¿No véis como el mirlo

anda cerca de los pies

de las mujeres que tenéis alrededor?

W.S.

Karl Shapiro: Un jardín en Chicago.

En mitad de la ciudad, bajo un cielo oleoso,

yazgo en un jardín verde oscuro

que parece sedimento de la imaginación

rodeado a la vuelta por las elegantes espigas de las cercas de hierro.

Mi rostro se vuelve una luna de soles ausentes.

Un tenue calor golpea mi lectora cara;

Las rosas no son rosas en este lugar arenoso.

Pero el azul gris de las lilas sostiene sus campanillas afuera.

Dura zinias y feas caléndulas

y una dulce estatua de un niño apoyado.

Un fluir de poesía en el canalón del otro lado del patio

me hace pensar que yo fui un pájaro de la prosa;

Por sobre la cabeza, en una pesada nube dorada

cuelgan las gordas almas de los animales

y engañan a mis ojos los brillantes puntos de las mariposas

que se encienden y apagan como distantes señales de neón.

Asumiendo que este jardín continuará existiendo

una anciana dama patrulla las zinias

(Ella lanza miradas como George Washington al atravesar el Delaware)

El portero da recorridas hasta el hierro del rail,

los amontonamientos ampulosos del trafico están fuera de ahí,

y a través de la calle, en un bar para negros

con espejos de medianoche, el profesional

toma su primer Whisky de la tarde.

VIII

Sé de nobles acentos

Y ritmos inevitables y lúcidos;

Pero sé, también,

Que el mirlo interviene

En lo que sé.

W.S.

Ezra Pound: Un pacto.

Yo hago un pacto contigo, Walt Whitman.

Ya te he detestado lo suficiente.

Llego a ti como un niño crecido

que ha tenido un padre testarudo;

ya tengo edad para hacer amigos.

Fuiste tú el que partió la nueva leña,

ahora es el tiempo de tallar.

Nosotros tenemos la raíz y la savia:

Que haya intercambio entre nosotros.

IX

Cuando el mirlo se perdió de vista volando

Marcó el borde

De uno entre muchos círculos.

W.S.

T.S. Eliot: Ojos que vi con lágrimas.

Ojos que vi con lágrimas la última vez

a través de la separación

aquí en el otro reino de la muerte

la dorada visión reaparece

veo los ojos pero no las lágrimas

esta es mi aflicción.

Esta es mi aflicción:

ojos que no volveré a ver

ojos de decisión

ojos que no veré a no ser

a la puerta del otro reino de la muerte

donde, como en éste

los ojos perduran un poco de tiempo

un poco de tiempo duran más que las lágrimas

y nos miran con burla.

X

A la vista de mirlos

Volando en una luz verde,

Hasta las celestinas de la eufonía

Lanzarían gritos agudos.

W.S.

Sylvia Plath: Espejo.

Soy plateado y exacto. No tengo preconceptos.

Cuanto veo, lo trago inmediatamente

tal cual es, sin empañar por amor o desagrado.

No soy cruel, sólo veraz:

Ojo de un pequeño dios, cuadrangular.

Casi todo el tiempo medito en la pared de enfrente.

Es rosada, con lunares. La he mirado tanto tiempo

que creo que es parte de mi corazón. Pero fluctúa.

Las caras y la oscuridad nos separan una y otra vez.

Ahora soy un lago. Una mujer se inclina sobre mí,

buscando en mi extensión lo que ella es en realidad.

Luego se vuelve hacia esas mentirosas, las bujías o la luna.

Veo su espalda y la reflejo fielmente.

Me recompensa con lágrimas y agitando las manos.

Soy importante para ella. Que viene y se va.

Todas las mañanas su cara reemplaza la oscuridad.

En mí ella ahogó a una muchachita y en mí una vieja

se alza hacia ella día tras día, como un pez feroz.

XI

Viajaba por Connecticut

En un coche de vidrio.

En un momento dado un temor lo electrizó,

Cuando confundió

La sombra de su equipaje

Con mirlos.

W.S.

Edna St. Vincent Millay: Qué labios mis labios han besado.

Lo que mis labios han besado, y dónde, y porqué

he olvidado, y que brazos han yacido

bajo mi cabeza hasta el amanecer; pero la lluvia

está llena de fantasmas esta noche, que golpean y suspiran

contra la ventana y esperan una respuesta.

Y en mi corazón despierta una callada pena

por los muchachos olvidados que ya no son otra vez

se volverán hacía mi a medianoche con un gemido.

Así en el invierno se yergue un árbol solitario,

no sabe que los pájaros se han marchado uno a uno,

pero si sabe que sus ramas están ahora más calladas;

No puedo contar los amores que han ido y venido;

Sólo sé que el verano canto en mí una vez

por un rato nada más, y ya no canta más.

XII

El río fluye.

El mirlo debe estar volando.

W.S.

Charles Bukowski: Los mejores de la raza.

No hay nada que

discutir

no hay nada que

recordar

no hay nada que

olvidar

es triste

y

no es

triste

parece que la

cosa más

sensata

que una persona puede

hacer

es

estar sentada

con una copa en la

mano.

XIII

Anocheció toda la tarde.

Estaba nevando

E iba a seguir nevando.

El mirlo se posaba

En las ramas del cedro.

W.S.

Walt Whitman: Reconciliación.

Palabra sobre todas, hermosa como el firmamento,

hermoso que la guerra y todos sus actos de carnicería hayan de

perderse totalmente en el tiempo,

que las manos de las hermanas, Muerte y Noche, laven sin cesar,

tiernamente, una y otra vez este mundo manchado;

Pues mi enemigo está muerto, un hombre tan divino como yo

está muerto,

lo contemplo donde yace con rostro blanco y rígido en el ataúd

– me acerco,

me inclino y toco levemente con mis labios el rostro blanco en

el ataúd.

Bibliografía consultada:

-E.L. Revol. (1976). Wallace Stevens: Trece maneras de mirar un mirlo. En Poetas Norteamericanos Contemporáneos (415-418). Buenos Aires: Ediciones Librerías Fausto.

-E.L. Revol. (1976). Poetas Norteamericanos Contemporáneos. Buenos Aires: Ediciones Librerías Fausto.

-L. Untermeyer. (1950). Modern American Poetry & Modern British Poetry. New York: Harcourt, Brace and Company.

Sylvia Plath: Blank.

En la mayoría de las biografías de Sylvia Plath, el tema de “su” trastorno bipolar es el principal referente sobre el trasfondo de su obra poética y narrativa. No se dejen engañar. Esto es sólo la manifestación de una sociedad que no puede concebir tanto talento, felicidad y tristeza en la misma hoja de papel, una sociedad a la que le cuesta aprender a disfrutar del dolor y que no puede imaginar al gozo y la depresión tomados de la mano.

“Mutilada psicológica” e “insuficiente” son algunos de los adjetivos que se utilizaron para describir a Sylvia, pero estoy segura de que cualquier persona que haya leído al menos un retazo de su obra sabe que el derrumbe emocional que su poesía transmite está muy lejos de la insuficiencia y muy cerca de todo lo que definimos como divino. Es imposible negar que caminas entre tierra y aire con poemas como Señora Lázaro

Señora Lázaro (Lady Lazarus):

Lo he hecho de nuevo.
Una vez cada cada diez años
lo consigo…

Una especie de milagro ambulante, mi piel.
Brilla como una pantalla nazi,
mi pie derecho

un pisapapeles,
mi cara sin facciones, fina.
Lienzo judío.

Arráncame la toalleta,
¡ah, enemigo mío!
¿Es que aterrorizo?…

¿La nariz, la cuenca de los ojos, toda la dentadura?
El aliento agrio
se desvanecerá en un día.

Pronto, pronto la carne
que alimentó la grave sepultura me será
familiar

y yo seré una mujer sonriente,
sólo tengo treinta.
Y como el gato tengo nueve vidas que morir.

Ésta es la Número Tres.
Qué basura
esto de aniquilar cada década.

Qué millón de filamentos.
La multitud como maní prensado
se atropella para ver

desenvuelven mis manos y pies…
el gran strip tease
damas y caballeros

éstas son mis manos
mis rodillas.
Puedo estar reducida a piel y huesos,

sin embargo, soy la misma e idéntica mujer.
La primera vez que ocurrió, tenía diez.
Fue un accidente.

La segunda vez quise
que fuera definitivo y no regresar jamás.
Arrullándome me cerré

como una ostra en el mar.
Tuvieron que llamar y llamar
y quitarme uno a uno los gusanos como perlas viscosas.

Morir
es un arte, como todo lo demás,
yo lo hago excepcionalmente bien.

Lo hago de modo tal que parece infernal.
Lo hago de modo tal que parece real.
Supongo que podrán decir que es mi vocación.

Es tan fácil que puedes hacerlo en una celda.
Es tan fácil que puedes hacerlo y quedarte ahí, quieta.
Es el teatral 

regreso a pleno día                                                                                                                                                                  al mismo lugar, a la misma cara, al mismo grito
brutal y divertido

“¡Milagro!”
que me deja fuera de combate.
Hay un recargo

para mirar mis cicatrices, hay recargo
para oír mi corazón…
que late de veras.

Y hay un recargo, un precio mayor
por una palabra o un contacto
o un poquito de sangre

o una muestra de mi cabello o de mi ropa.
Bueno, bueno, Herr Doctor.
Bueno, Herr Enemigo.

Yo soy vuestra opus,
Yo soy vuestra valiosa
niña de oro puro

que se funde en un chillido.
Giro y ardo.
No crean que no estimo su enorme preocupación.

Cenizas, cenizas…
Ustedes atizan y remueven.
Carne, hueso, no hay nada ahí…

Un pan de jabón,
un anillo de bodas,
una orificación.

Herr Dios, Herr Lucifer
tengan cuidado,
tengan cuidado.

Sobre las cenizas
me elevo con mi cabello rojo
y devoro hombres como aire.

George Steiner hablaba de “lugares sombríos” en una crítica a Sylvia Plath. Los hay, no sólo en ella sino en todos nosotros. Podemos sentirlos, olerlos. Encuentran lugar como la brisa, sin molestar demasiado, pero haciéndose notar. Versos como “Dying / Is an art, like everything else. / I do it exceptionally well. / I do it so it feels like hell. / I do it so it feels real. / I guess you could say I’ve a call” los hacen resurgir. Es imposible tocarlos, quizá por eso es tan difícil aceptar la congruencia de la felicidad y el dolor.

Cruzando el agua, Espejo, Mujer estéril… redefinen al lector, lo trastocan, semejan el espacio en blanco en un examen… Se supone que debes rellenarlo con lo que sabes, con lo que sobra o lo que falta. Lo importante de una obra literaria no es que genere fama, sino que genere un cambio. Sobre los “cambios” que generó Sylvia Plath en mi, o en cualquier otra persona no hablaré, ya que está de más.

Bibliografía consultada:

-E.L. Revol. (1976). Sylvia Plath. En Poetas Norteamericanos Contemporáneos(281-290). Buenos Aires: Ediciones Librerías Fausto.

Los árboles con los que se escribe la historia.

Según Octavio Paz, “la historia del hombre podría reducirse a la de las relaciones entre las palabras y el pensamiento”, cuando se es cómplice de la poesía, es fácil entender esto como la historia personal de cada persona, entre el poema y el significado que cada quien le da. Al leer a Eugenio Montejo se crea un vacío entre lo que está escrito y el sentido que esto toma en mi cabeza, un vacío que el poema no puede explicar ni mucho menos yo, ya que es un vacío lleno de sensaciones, que me dejan perpleja, que me hablan sin palabras, conocen mi idioma y establecen conversaciones conmigo de las que no soy muy consciente. Me dejan en un estado de ebriedad literaria en la que creo ser testigo de algo sorprendente… pero hasta allí llegan los límites del lenguaje y me quedo sin palabras. He aquí lo maravilloso de la poesía, nos deja sin palabras, con sus palabras.

Terredad es una obra intermediaria entre la naturaleza y el hombre. Cuando se lee Terredad por primera vez, se tiene la necesidad de sentarse bajo un árbol o en la orilla de un río para establecer la conversación más antigua del mundo: el diálogo entre el hombre y su ambiente, la Tierra. En el poema Montañas, se evidencia que la peor forma de conocer una montaña es escalándola y llegando a la cima: “Yacen colgadas con sus capas en el aire, / las doblamos mirándolas de lejos, son trajes de boda antiguos pero intactos” deben admirarse desde abajo, con humildad, como el mendigo del bosque: “Verá como lo trata el viento, / cómo su ofrenda le llenará las manos.” Allí, desde el lindero de la montaña, desde la raíz de un árbol, o donde un río nace, es posible entender porqué la mayoría de las personas prefieren conversar con sus iguales, a hablar con la naturaleza. La grandeza de la que se es testigo nos hace sentir diminutos, insignificantes. Lo que ocurre con un poema que no tiene explicación.

Esa grandeza también puede reconocerse en Pájaros, es un poema del cual no se sabe mucho, ya que la temática da cabida a diferentes opiniones. Una compañera de clases me decía que desde su perspectiva, los pájaros eran todos los elementos de la naturaleza integrados en un solo ser, quizá, pero los pájaros de Montejo también podrían representar cada experiencia de su vida, cada recuerdo que dejó atrás: “Si hay algo real dentro de mí son ellos”. No muy lejos, en la página siguiente está Sólo la Tierra y en ese compendio de versos se observa la enorme gratitud del poeta hacia la Tierra, gratitud de la que todos deberíamos formar parte. Montejo presenta a la Tierra como el único sitio en el que los humanos somos aceptados, y cuánta razón tiene. “La Tierra es el único planeta / que prefiere los hombres a los ángeles”. Eugenio nos heredó la capacidad de agradecerle a la Tierra por llevar el sol a cuestas, sólo para mantenernos vivos: “Maravillosa, errante / que trae el sol al hombro de tan lejos / y lo prodiga en nuestras casas”. Así mismo expresa el miedo y la fatalidad de “despertar mañana en otra parte”.

(Foto por Ryan McGinley)

Terredad tiene poemas tan imponentes, que siento la necesidad de pedirles permiso para escribir sobre ellos. Tal es el caso de Güigüe 1918, donde el protagonista aún no existe en forma corpórea, todavía es esencia y espera pacientemente su momento de aparecer ante el mundo. Aquí entendemos porqué Octavio Paz decía que lo que ignoramos es lo innombrado, ¿cómo darle nombre a lo que aún no ha nacido, pero sabe que nacerá?

 Güigüe 1918 es inseparable de Noche Natal. Más de 20 años después, el protagonista nace, percibe un poco tarde que su ciudad quedaba más lejos de lo que pensó, nace cansado del viaje. Sin embargo aún escucha los gallos cantando a lo lejos. El misticismo del que Montejo nos hace partícipes, es lo que Paz llamó “Purificar el lenguaje”, darle forma,  “Devolverlo a su naturaleza original”. Aún en Soy esta vida el poeta comparte una relación secreta con la vida, ambos son amigos desde hace tiempo y saben que él escogió el momento para nacer. Ciertamente la vida lo persigue, lo busca como a un fugitivo para evocar recuerdos, pero el protagonista no conoce sus planes y no sabe si retornará en un amor o en una palabra: “Soy esta vida que he vivido o malvivido / pero más la que aguardo todavía / en las vueltas que la tierra me debe. / La que seré mañana cuando venga / en un amor, una palabra, / la que trato de asir cada segundo / sin saber si está aquí, si es ella la que escribe / llevándome de la mano.”

Casi al terminar el poemario está Final, en este poema está expreso el miedo aunque no se nombra, el miedo a la muerte, al fin. Aparte del miedo a la muerte, comparto con Montejo el miedo al fin de esta obra, al fin de Terredad, es por eso que elijo este poema para finalizar mi comentario en lugar de Un samán, porque en resumen, lo que deseo compartir con cualquiera que desee leer este poemario, es que la lectura de Terredad pareció el vaivén de las hojas de los árboles que veía por la ventana mientras discutíamos sobre Montejo en clase. Ése vaivén se parecía a su vez a las olas del mar, y gracias a él pude entender muchos de los poemas aquí recopilados, gracias a ese movimiento y a la madera que lo sostenía, pude admirar que estaba sentada en una silla de árbol, y que nunca lo había apreciado, que la poesía de Montejo me leyó a mí, antes de leerla yo a ella.  La relación que existe entre el hombre y su entorno, que se muestra tan exquisitamente en Terredad, nos permite tomar un simple lápiz y pensar que ese fue el árbol con el que Montejo escribió su historia.

  • Eugenio Montejo. (1978). Terredad. Venezuela: Ediciones Actual. Poemas citados: Montañas, En el bosque, Pájaros, Sólo la Tierra, Güigüe 1918, Noche natal, Soy esta vida, Final.
  • Octavio Paz. (1956). El Arco y la Lira. México: Fondo de Cultura Económica.

Impresiones sobre Cummings.

Comenzaré haciendo la salvedad de que aún cuando había escuchado el nombre de e.e.cummings muchas veces, nunca me dediqué a leer su obra… hasta hace unos días. Su poesía llegó a mi por sugerencia de un profesor y sinceramente, me pregunto por qué no me tomé la molestia de leerla antes.

Edward Estlin Cummings nació el 14 de Octubre de 1.894 en Cambridge, Massachusetts. Durante su vida hizo y fue muchas cosas, pero sobre todo fue poesía. Deliberadamente, me encontré con la página 67 de sus poemas completos, la cuarta parte del poema Post Impressions. Su estilo se vuelve inconfundible a medida que su poesía te absorbe. En algún punto del viaje ya no eres tú quien lee, sino el poema quien te lee a ti. Sus poemas son un recorrido de sensaciones e impresiones y más allá de lo que las palabras transmiten, el elemento visual también tiene protagonismo: Separaciones, minúsculas, espacios en blanco, palabras aisladas… Una tipografía única, cada palabra se anuncia como una sola voz, independiente, pero necesaria para el paisaje. Esta es una obra poética que fácilmente podría confundirse con montañas.

“Cummings es mejor conocido por sus poemas que rompen con toda estructura, incluyendo usos poco ortodoxos de las mayúsculas y la puntuación, en la que los puntos y comas podían incluso llegar a interrumpir oraciones y hasta palabras. Muchos de sus poemas también están escritos sin respeto a los renglones y párrafos y algunos no parecen tener pies ni cabeza hasta que no son leídos en voz alta.”  Fuente: Wikipedia.

“No parecen tener pies ni cabeza hasta que no son leídos en voz alta.” Porque a la poesía de Cummings hay que prestarle una voz. Y uno de sus poemas más famosos, i carry your heart with me, deja sin habla:

i carry your heart with me(i carry it in
my heart)i am never without it(anywhere
i go you go,my dear;and whatever is done
by only me is your doing,my darling)
                                                      i fear
no fate(for you are my fate,my sweet)i want
no world(for beautiful you are my world,my true)
and it’s you are whatever a moon has always meant
and whatever a sun will always sing is you
here is the deepest secret nobody knows
(here is the root of the root and the bud of the bud
and the sky of the sky of a tree called life;which grows
higher than soul can hope or mind can hide)
and this is the wonder that’s keeping the stars apart
i carry your heart(i carry it in my heart)
e.e.cummings . (1972). i carry your heart with me. En Complete Poems (766). USA: Harcourt Brace Jovanovich.
Este poema está cargado de una sonoridad adictiva, una vez que se lee en voz alta el verso “here is the root of the root and the bud of the bud / and the sky of the sky of a tree called life” es casi imposible no repetirlo y aprenderlo. Octavio Paz lo llamaría letanía. A mí me gusta compararlo con el primer movimiento de la sonata 14 de Beethoven… o con el tercero, dependiendo del estado de ánimo.
Hay mucho en la poesía de e.e.cummings que quizá no alcancemos a entender en su totalidad, pero ahora o en el futuro,  al leerlo seremos los testigos del “secreto más profundo que nadie conoce”.

The road not taken, de Robert Frost.

Un profesor de inglés leyó este poema en clase, me queda muy grande así que no haré ningún comentario sobre él, temiendo perderme. Sólo invito a que lo disfruten:

Two roads diverged in a yellow wood,
And sorry I could not travel both
And be one traveler, long I stood
And looked down one as far as I could
To where it bent in the undergrowth;
Then took the other, as just as fair,
And having perhaps the better claim,
Because it was grassy and wanted wear;
Though as for that the passing there
Had worn them really about the same,
And both that morning equally lay
In leaves no step had trodden black.
Oh, I kept the first for another day!
Yet knowing how way leads on to way,
I doubted if I should ever come back. 
I shall be telling this with a sigh
Somewhere ages and ages hence:
Two roads diverged in a wood, and I-
I took the one less traveled by,
And that has made all the difference.
Robert Frost. (1920). The road not taken. En Mountain Interval (4). USA: Henry Holt.

Pupilas: Rima XIII de Bécquer.

Tu pupila es azul, y cuando ríes
su claridad suave me recuerda
el trémulo fulgor de la mañana
que en el mar se refleja.
Tu pupila es azul, y cuando lloras
las trasparentes lágrimas en ella
se me figuran gotas de rocío
sobre una violeta.
Tu pupila es azul, y si en su fondo
como un punto de luz radía una idea,
me parece en el cielo de la tarde
una perdida estrella.

Gustavo Adolfo Bécquer. (1925). Rima XIII. En Rimas y Leyendas (19). New York: D. Appleton y Cía.

La poesía de Bécquer siempre me ha hecho sentir que vivo en un lugar remoto del mundo donde hay incansables lluvias y mucho frío, quizá el mismo frío que asesinó al poeta; mucho musgo; casas con paredes de piedra; los árboles son frondosos y sus hojas tienen un verde tan intenso, con tonalidades tan variadas que sólo un daltónico podría apreciarlo como se debe.

Entre tanta lluvia que veo caer a través de la ventana, confundo las gotas con pupilas y es allí donde el poema toma sentido. “Tu pupila es azul y cuando lloras / las transparentes lágrimas en ella / se me figuran gotas de rocío / sobre una violeta”.  Bécquer miraba a una persona de ojos azules, pero no era eso lo que veía en realidad.

El veía amaneceres claros, celestes, casi verdes, casi amarillos. Veía mares y océanos y ríos. Veía lluvia, veía flores, veía supernovas. La belleza nos hace egoístas, dejamos de observar a las personas para evocar, recordar o poseer  imágenes aún más hermosas que nos satisfacen mucho más que un ojo humano. Así es la poesía, nos hace viajar mucho más lejos de lo que percibimos, nos transforma. La poesía nos analiza y nos da lo que necesitamos, no sin antes quitarnos lo que nos sobra. Es por eso que cuesta tanto escribir sobre poesía, porque no eres tú quien escribe sobre ella, es ella la que te escribe a ti.

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Para Bécquer la poesía era una mujer de ojos azules, para mi la poesía es… Podría hacer un análisis acerca de este poema, diciendo cosas obvias como que Bécquer hace comparaciones entre las pupilas y la naturaleza, que el tema es el amor, que lo escribió él (por si las dudas), que era un español y que murió de frío y soledad. Pero no, no quiero ser obvia, quiero escribir aquí lo que el poema me susurra al oído.

En la primera estrofa la risa hace presencia, y se presenta tan azul, que se confunde con el canto de los pájaros y el vaivén de las olas. Este poema no es sobre pupilas.

En la segunda, una flor aparece en la escena y deja a todo el público en asombro, al brotar de algo tan íntimo y sincero como el llanto. No, no es sobre pupilas.

En la tercera el poeta se desvía de su camino, o quizá lo encuentra, y ya no es su risa o su llanto lo que le intriga, tampoco lo es el azul de sus ojos: son sus pensamientos, sus ideas, su intelecto se planta en el escenario como el actor que llegó tarde e intenta, en vano, que nadie note su retraso. Definitivamente, no es un poema sobre pupilas.

Si en algún momento Bécquer dejó de observar a la persona para evocar, recordar, o poseer otras imágenes, al instante regresa al presente y deja a un lado las divagaciones para concentrarse en la persona que tiene delante, que es culpable de esos versos tan azules. Esta es la deliciosa dualidad que la poesía nos regala.

Cada poema de las “Rimas” se me antoja como una tienda de muñecos, a los que se les puede apreciar, escuchar, sentir la textura de la tela de sus ropas mientras que el dueño no está mirando, pero no se puede jugar con ellos, porque puede que el poema te conozca más de lo que sabes y sea él quien juegue contigo.

Voz: Soneto LII de Pablo Neruda.

Cantas y a sol y a cielo con tu canto

tu voz desgrana el cereal del día,

hablan los pinos con su lengua verde:

trinan todas las aves del invierno.

El mar llena sus sótanos de pasos,

de campanas, cadenas y gemidos,

tintinean metales y utensilios,

suenan las ruedas de la caravana.

Pero solo tu voz escucho y sube

tu voz con vuelo y precisión de flecha,

baja tu voz con gravedad de lluvia,

tu voz esparce altísimas espadas,

vuelve tu voz cargada de violetas

y luego me acompaña por el cielo.

Pablo Neruda. (1959). Soneto LII. En Pablo Neruda: Antología General (346). España: Alfaguara.

“La poesía revela este mundo y crea otro”, dice Octavio Paz, pero la poesía de Pablo Neruda no solo revela al mundo, sino que revela también y tan bien a las personas. El soneto LII permite crear una mezcla entre el ave y el humano, el objeto y la naturaleza, lo que se va y lo que regresa, la metáfora pasa a un segundo plano donde es casi imperceptible, ya que las comparaciones son tan perfectas que se quedan flotando entre las fronteras de la realidad y la ficción.

Por otro lado, María Moliner define la poesía como un “género literario exquisito”. Personalmente defino este poema como exquisito simplemente, lo libero del encierro que arrastra pertenecer a un género específico. En un soneto se espera el desenlace en las últimas estrofas, pero en este, el lenguaje se une y a la vez se divide tan fácilmente, que se puede percibir a todo el poema como una sola obra o a cada verso como un solo poema.

Este soneto expresa una musicalidad que quizá se percibe inmediatamente por la presencia de la “voz” en él, pero más allá de eso se narran una serie de imágenes en cadena que permiten entender porqué este tipo de poema se conoce como “soneto”, ¿Por qué al leerlo pienso en el Danzón No. 2 de Márquez?… en los sube y baja de los violines, en las campanas, en las mareas, en los colores. Este poema evoca tantas cosas que se me hace muy fácil comprender porqué la poesía es tan difícil de definir.

Quizá Neruda pensaba en una mujer al escribir este soneto, quizá pensaba en alguna energía cósmica que lo define todo, que le pone voz y música de fondo a las palabras, en fin, eso nunca lo sabremos. Lo que casi podemos asegurar es que pensaba en música, y a su vez, me atrevo a decir que Márquez pensaba en poesía al componer.

“En el bosque”, de Eugenio Montejo.

En el bosque, donde es pecado hablar, pasearse,

no poseer raíz, no tener ramas, 

¿Qué puede hacer un hombre?

la soledad no basta para engañar al viento, de  ningún brazo se construye una puerta,

la piel, las uñas nunca sirven

para un nido de pájaros.

Y el viento lo sabe.

En el bosque, quien no ha logrado ser un árbol,

sólo puede llegar de parte del otoño

a pedir unas hojas, 

mejor si lleva harapos de mendigo, 

algún morral raído, un palo, un perro

y ninguna esperanza. 

Verá como lo trata el viento,

cómo su ofrenda le llenará las manos. 

Eugenio Montejo. (1978). En el bosque. En Terredad (19). Mérida: Ediciones Actual.

¿Qué puede hacer un hombre en el bosque? Me atrevo a decir que gracias a la literatura y la poesía, todos hemos tenido la sensación de haber visitado un bosque alguna vez, aunque esto no sea del todo cierto, los olores y colores que el viento trae han sido descritos tan perfectamente por los poetas, que leemos “bosque” y pensamos en musgo, en verde, en Sol y en Luna.

Octavio Paz dice muchas cosas, entre ellas dice que “el poema es un caracol donde resuena la música del mundo” entonces, ¿qué puede hacer un hombre con un poema sobre el bosque? Pues sencillamente puede escuchar los sonidos del viento, la impertinencia y el descaro de la soledad; puede tratar de ser árbol, hoja o pájaro, quizá sin lograrlo; pero finalmente, lo más sensato que un poema como “En el bosque” puede provocar en un hombre, es dejarlo solo al abandono del viento, alimentarse de sus frutos, intimar con sus árboles, conversar con sus pájaros, escuchar lo que tienen para decir y, por último, tomar la decisión de irse, como Thoreau y convertirse en literatura y poesía.

Montejo expresa una relación hombre-naturaleza que se evidencia en Walden, La vida en los bosques: “Cuando escribí las páginas que siguen, o más bien la mayoría de ellas, vivía solo en los bosques, a una milla del vecino más próximo, en una cabaña que construí yo mismo junto a la orilla de la laguna de Walden, en Concord, Massachusetts, al tiempo que me ganaba el sustento con la labor de mis manos. Allí viví dos años y dos meses.”

“En el bosque” te deja padeciendo tus conocimientos, te hace desear nacer de nuevo y ésta vez, ser árbol, ya que /la soledad no basta para engañar al viento/ y /de ningún brazo se construye una puerta/.

Sin duda estas maravillas naturales han inspirado a muchos. Personalmente no sé qué es el bosque para Henry, para Octavio, o para Eugenio, pero sí, puedo imaginar al bosque que se describe en el poema como un todo, como una persona, que te cautiva y te intriga, te mira con ojos verdes  inquisidores y te pregunta: ¿Cuál es tu bosque?.

“Todo el enorme, indispensable y asombroso conocimiento humano está erigido sobre una ignorancia fundamental”. Rafael Cadenas.

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Rafael Cadenas. (1992). Dichos. Venezuela: Monte Ávila.

El dicho, frase, oración en cuestión me pareció una burla al leerla por primera vez, pasó por mi vista sin mucho alardeo, sin generar grandes dudas ni intereses, sin embargo, al releerla noté que no es tan odiosa ni sarcástica como aparenta, sencillamente es verdadera. Entre opiniones como “Mucho saben los que no saben nada” que simplifican el sentido del conocimiento hasta niveles inesperados fundamentándose en que el hombre cree conocer mucho de todo cuando en realidad su vida transcurre sin saber nada de nada, yo elijo opiniones como la de Thoreau, en Walden. “Siempre he deplorado no ser tan sabio como lo era el día en que nací”. Eso demanda la frase de Cadenas para mí: saber que en realidad no sé cuándo empecé a saber, si es que algo sé…

Si hoy somos conocedores, significa que por regla natural, debimos ser ignorantes alguna vez, quizá hace unos años, quizá hace unas horas. El final debió tener un principio, el café no estaba listo antes de ser servido. Así que es factible despojarse de esa distinción que hacemos al conocer a una persona o que empleamos con ella al tiempo, por creernos superiores en conocimientos, costumbres y demás formalismos sociales.

Dicho esto, ya no me parece tan ofensiva la palabra “ignorante”, verbo ignorar, latín ignorare, no saber. Podría alegar que “sólo sé que no sé nada”, pero en realidad no tengo muy claro si fue Platón o Sócrates quien lo dijo debido a la controversia; una vez más soy ignorante ya que ignoro algo, no todo, puesto que hay mucho que sé y otro tanto que no quisiera saber, y sí, el conocimiento es enorme, indispensable y sobre todo asombroso.