Archivo de la categoría: Literatura

Xenofobia.

¿Qué tan repulsiva es la indiferencia?

En 1942 Albert Camus nos presenta “El Extranjero”,  ésta novela gira en torno a Mersault, a su indiferencia, a su personalidad retraída y distante. Ésto es lo que dice la crítica, pero yo soy una simple lectora, y como lectora me gusta ver todas las caras de la moneda. En “El Extranjero” no es la indiferencia de Mersault lo que resalta, no es su personalidad, no son sus actos, esa no es la historia subyacente, en “El Extranjero” es el absurdo asombro de los co-protagonistas lo que se realza.

Mersault vive en un mundo que rechaza lo diferente, lo que no es “común”, un mundo que tiene establecido lo que es aceptado socialmente y lo que no, él es un extranjero y todos los demás son xenofóbicos. Durante mi lectura, jugué a medir el asombro de todos con Mersault y el asombro que Mersault sentía por todos, el era un incomprendido, pero fue muy interesante ver que tan incomprensibles resultaban los demás para Mersault.

“El Extranjero” es uno de esos libros que llamo “malditos”, lo he visto en todas las ferias del libro desde el año 2011, sin decidirme a comprarlo, me encuentro con enlaces de críticas literarias en casi todas las páginas web que visito, ha sido una obra recurrente de las discusiones en clases y para finalizar la persecución, vi un ejemplar en la biblioteca la semana pasada, cayéndose de la estantería, gritando “LÉEME”. Es una lectura muy amena, muy rápida y placentera, casi tan breve como leer un cuento, y que encierra demasiadas historias en sus escasas 120 páginas, los invito a todos a que no rechacen la maldición de leerlo.

IMG-20150624-00198 IMG-20150624-00199

Bibliografía consultada:

-Albert Camus. (2002, para ésta edición). El Extranjero. España: Opera Mundi.

La desdicha del Bonsái.

Álvaro Cepeda Samudio se refiere al cuento como “un género literario independiente, que no está ampliamente definido en castellano” y aclara: “Quiero decir que existe todavía la tendencia a confundir el relato con el cuento: de llamar cuento a la simple relación de un hecho o estado. El cuento como unidad puede distinguirse con facilidad del relato: es precisamente lo opuesto. Mientras el relato se construye alrededor del hecho, el cuento se desarrolla dentro del hecho. No está limitado por la realidad, ni es totalmente irreal: se mueve precisamente en esa zona de realidad – irrealidad que es su principal característica” y para constatar esto, Cepeda define Bestiario, de Cortázar como “una serie de cuentos en los cuales la línea que divide la realidad de la irrealidad ha desaparecido”. Lo mismo podríamos comentar sobre Horacio Quiroga, particularmente en La Tortuga Gigante, es maravilloso terminar de leer ese cuento y darnos cuenta de que Quiroga nos hizo creer que una tortuga pudo realizar tan heroicas hazañas.

Esta discusión entre la realidad-irrealidad presente en los cuentos ha generado tanta polémica que Ribeyro le dedicó el segundo lugar en su famoso decálogo: “La historia del cuento puede ser real o inventada. Si es real debe parecer inventada, y si es inventada, real” ahora bien, ¿cómo distinguir entre lo uno y lo otro?… si el cuento está bien escrito, no será necesario diferenciar, sólo basta con leer uno o dos cuentos de Julio Garmendia para entender ese punto del decálogo. Es totalmente posible que un “Librero” sienta la necesidad de cuidar a los personajes abandonados de las historias… Es posible, pero no deja de ser extraño. Esos giros tan perspicaces y casi inadvertibles son los que le brindan al cuento un matiz de misterio y complicidad, que en la novela casi siempre están al descubierto o se evidencian en los detalles.

Todos los cuentistas que he nombrado anteriormente, han dejado su huella en la historia de este género y cada uno ha redefinido el cuento con su estilo y esencia personal, han trascendido a través del tiempo y han sido el antecedente de cuentistas contemporáneos tan prometedores como Guadalupe Nettel.

En Bogotá 39: Antología de Cuento Latinoamericano hay un importante encuentro de 39 escritores menores de 40 años (para el año de publicación, 2.007) que resuenan actualmente en el mundo literario, Guadalupe Nettel, una de ellos, participa con Bonsái. Este cuento brinda la sensación de “un antes y un después”, es una de esas lecturas inolvidables que nadie debería negarse al placer de leerlas. Una interrogante recurrente a medida que se lee es ¿Qué es para mí un bonsái?, muy simple: carencia de libertad. Afortunadamente, Guadalupe Nettel tiene la increíble habilidad de escribir un árbol libre y frondoso sobre un bonsái. El lenguaje de este cuento se expande y crece hacia distintas direcciones, se adueña de quien lo lee y lo hace partícipe de todas las experiencias narradas, te sumerge en un mundo verde y vivo.

Bonsái reúne perfectamente todos los elementos que se han considerado como necesarios en un cuento: conmueve, sorprende, intriga, mantiene la precisión y la tensión, pero sobre todo, está cargado de la complicidad y el misterio que dejan la puerta abierta al lector para que se sumerja en esa línea imperceptible entre lo real e irreal. Leerlo es como pasar los dedos lentamente por las ramitas de un suave arbusto. Es imposible evitar recordar el bosque de Eugenio o la maravillosa relación entre sus árboles y su poesía.

El cuento, lejos de ser un desdichado bonsái, me pareció una enredadera, se extendió hacia mí, hizo resonar todos los árboles, todos los arbustos, todos los cactus y los bonsáis que he visto en mi vida, los que desaparecieron y aún están, los que murieron totalmente y los que se quedaron. Guadalupe Nettel creó una metáfora maravillosa para cada experiencia, ahora son árboles. Cada recuerdo es un árbol frondoso o un desdichado bonsái.

Guadalupe Nettel, 7 de Febrero de 2.015, en una entrevista para Efe, en la Ciudad de México. Enlace: http://www.kint.com/2015/02/07/guadalupe-nettel-una-sobreviviente-del-reino-de-los-trilobites/

Bibliografía consultada:

  • Autores varios. (2.007). Bogotá 39: Antología de Cuento Latinoamericano. Bogotá: Ediciones B.
  • Álvaro Cepeda Samudio, (Edición de Jacques Gilard). (2.007). Todos estábamos a la espera. Madrid: Cooperación Editorial.
  • Horacio Quiroga. (1.998). Cuentos de la Selva. Bogotá: Panamericana Editorial.
  • Julio Garmendia. (1.927). La Tienda de Muñecos. Venezuela: Excelsior.

Persistencia.

  • Toda relectura de un clásico es una lectura de descubrimiento como la primera.
  • Toda lectura de un clásico es en realidad una relectura.
  • Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir.

-Ítalo Calvino, ¿Por qué leer a los clásicos?

En cualquier enciclopedia, página web o en las notas de un libro “clásico” podemos encontrar resúmenes detallados que nos brindan todo el conocimiento necesario para mantener viva una conversación sobre literatura clásica y salir ilesos y conocidamente “cultos” del asunto. Sin embargo, no es importante lo que ocurrió en la historia, sino lo que la historia nos hace sentir a medida que la leemos, eso es algo que ningún resumen, crítica o comentario puede ofrecernos.

Según Ítalo Calvino, “ningún libro que hable de un libro dice más que el libro en cuestión”. Legalmente, yo leí “Cien años de soledad” en 4to año de bachillerato e hice un maravilloso trabajo final en el que obtuve 20 puntos… pero en realidad, el libro lo leí 2 años más tarde en unas vacaciones muy productivas. No estoy orgullosa, pero es un alivio confesarlo. Personalmente le agradezco a mis profesores de bachillerato por evaluarme en base al contenido de esos fantásticos, prácticos y asquerosos libros de Castellano y Literatura que le roban toda la magia al placer de leer las grandes obras. Sinceramente, gracias.

Por más sugestivo que un comentario pueda ser, no logra más que invitarte a leer. Siempre hay una historia oculta que nadie podrá contarte ya que cada quién la descubre en la intimidad, por eso, se dice que los clásicos “persisten”, “resuenan”, “trascienden”, lo hacen en la cultura pero sobre todo en las personas. No es posible ser la misma persona después de leer a Rimbaud o a Bécquer (en mi opinión). Así como no es lo mismo leer a Bécquer con 14 años por aburrimiento y curiosidad, que leerlo con casi 20 por placer y sobre todo por necesidad.

Calvino plantea un argumento interesante: “Tu clásico es aquel que no puede serte indiferente y que te sirve para
definirte a ti mismo en relación y quizás en contraste con él”. En esta frase apoyo mi “necesidad” por leer ciertos libros una y otra vez. Hay libros que demandan leerse. Existe una idea errónea de que un clásico requiere ser casi pre-histórico para ser un clásico, no, hay libros antiguos que no llegaron a ser clásicos. Un “clásico” recibe ese nombre por el simple hecho de resonar a través del tiempo, de persistir. Parafraseo el final del texto de Calvino: Hay que leerlos para saberlos antes de morir.

(Es interesante escribir “Clásico” en el buscador de Google)

Prosas Apátridas y Escritura de Ficción en Julio Ramón Ribeyro.

En el prólogo de Prosas Apátridas, Ribeyro explica que no se trata de las prosas de un apátrida, sino de textos que carecen de un lugar entre sus cosas, entre sus libros, no pertenecen a ningún género ni sitio en la literatura. Sin embargo, las Prosas Apátridas de Ribeyro han encontrado su lugar en cada lector que ha tenido la dicha de perderse en ellas por un rato largo o quizás no tanto, han encontrado su lugar en bibliotecas personales y en una que otra biblioteca pública, pero el 27 de Noviembre de 2.014 las Prosas encontraron un acogedor lugar entre un grupo de lectores que se reunieron únicamente para eso, leer. Entre libros viejos, no tan viejos, revistas y arte, la audiencia se sumergió en cada fragmento creado sin ningún orden y quizás, sin razón de ser.

        “¿Qué cosa hay que poner en una obra para durar?” Se pregunta Ribeyro en su primera prosa, que sospecho no fue la primera, pero expresa la valentía necesaria para ubicarla en el preámbulo de un libro. “¿Qué cosa hay que poner en una obra para durar?” Probablemente nadie lo sepa, pero la obra de Ribeyro duró en mi cabeza, me despertó el interés por leer más de él, me atrajo un acto tan sencillo como reunirse con viejos y nuevos amigos y leer, escuchar, comentar, escribir sobre ello.

        El conversatorio sobre Ribeyro me introdujo a un mundo que no conocía y que conocí casi por obligación. Nunca confié en la lectura grupal, nunca la consideré posible desde ningún punto de vista, incluye distracciones, gente hablando cuando no debe, ruidos molestos, sin embargo, al experimentarlo descubrí que de hecho sí es posible concentrarse en lo que se lee o se escucha a pesar de las personas alrededor. Mi conclusión es que esa mañana tanto las prosas sin ninguna patria, como un grupo de estudiantes, profesores y yo, encontramos un lugar entre los libros, un sitio en nuestra casa y un género literario al cual pertenecer.

Julio Ramón Ribeyro. (2007). Prosas Apátridas. España: Seix Barral.

“Todo el enorme, indispensable y asombroso conocimiento humano está erigido sobre una ignorancia fundamental”. Rafael Cadenas.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Rafael Cadenas. (1992). Dichos. Venezuela: Monte Ávila.

El dicho, frase, oración en cuestión me pareció una burla al leerla por primera vez, pasó por mi vista sin mucho alardeo, sin generar grandes dudas ni intereses, sin embargo, al releerla noté que no es tan odiosa ni sarcástica como aparenta, sencillamente es verdadera. Entre opiniones como “Mucho saben los que no saben nada” que simplifican el sentido del conocimiento hasta niveles inesperados fundamentándose en que el hombre cree conocer mucho de todo cuando en realidad su vida transcurre sin saber nada de nada, yo elijo opiniones como la de Thoreau, en Walden. “Siempre he deplorado no ser tan sabio como lo era el día en que nací”. Eso demanda la frase de Cadenas para mí: saber que en realidad no sé cuándo empecé a saber, si es que algo sé…

Si hoy somos conocedores, significa que por regla natural, debimos ser ignorantes alguna vez, quizá hace unos años, quizá hace unas horas. El final debió tener un principio, el café no estaba listo antes de ser servido. Así que es factible despojarse de esa distinción que hacemos al conocer a una persona o que empleamos con ella al tiempo, por creernos superiores en conocimientos, costumbres y demás formalismos sociales.

Dicho esto, ya no me parece tan ofensiva la palabra “ignorante”, verbo ignorar, latín ignorare, no saber. Podría alegar que “sólo sé que no sé nada”, pero en realidad no tengo muy claro si fue Platón o Sócrates quien lo dijo debido a la controversia; una vez más soy ignorante ya que ignoro algo, no todo, puesto que hay mucho que sé y otro tanto que no quisiera saber, y sí, el conocimiento es enorme, indispensable y sobre todo asombroso.

Acerca de Divisadero: un millar de lirios sobre la tumba de Colette.

divisadero

Michael Ondaatje es conocido por sus obras de poesía. Técnicamente hablando “Divisadero” podría ser considerado como prosa pero… Michael Ondaatje es conocido por sus obras de poesía, repito. Aparentemente es sólo una novela, de género drámatico dirían muchos, está dividido en capítulos que marcan pausas más o menos notables si se lee sin ningún interés, tiene todas las características de una novela, pero no, más bien es un poema, uno bastante largo. “De la primera a la última frase, este es un hermoso cuento, poético y con un toque humano” comentó USA Today sobre Divisadero. La confusión vuelve, ¿es una novela, es un cuento o es un poema? ¿es prosa o es poesía? ¿es una mezcla de las dos?

Independientemente de los géneros, las clasificaciones, los tecnicismos, los tipos de textos y todo eso de lo que uno no se acuerda cuando lee algo que le gusta, aparece una obra sencilla y hermosa, se conoce la vida de Anna, de Claire y de Coop, se intenta entrelazar las tres vidas y no se puede, se intenta separarlas y es aún más difícil, es imposible leer con estándares este libro. Durante toda la lectura se espera algo sorprendente, decisivo, revelador, y al terminar de leer se descubre que todo lo sorprendente, decisivo y revelador, se deja al desnudo en el nombre, en el principio, en la primera línea, en el acto más insignificante.

Ondaatje convierte la prosa en poesía y la poesía en prosa, no se conoce el principio de una ni el fin de la otra, los paisajes te llevan a recordar costumbres simples de la niñez, malas costumbres de la adultez, errores, decisiones… acerté, sí, esta vez lo hice, elegí el libro adecuado para un rato libre.

Este no es un libro donde se encontrarán horrorosas criaturas mitológicas o secretos de familias que ponen en riesgo la vida de toda la humanidad o mujeres feas que se vuelven bonitas. Aquí no encontrarán nada que llame mucho la atención a simple vista, hay que navegar y sumergirse, lo que se cuenta es un susurro casi imperceptible, callado, humilde. Ni siquiera voy a intentar clasificarlo, este libro se quedará con muchos otros que no tienen género, junto a “Los Pasos Perdidos” de Carpentier y pidiéndole un poco de espacio a Ribeyro y sus prosas sin bandera ni patria.

El millar de lirios sobre la tumba de Colette, la desnuda escena final para la historia de una mujer que nunca supo cual fue su principio ni su fin, el centauro que tomó el control del universo, son sólo algunas de las marcas que ciertos libros dejan, los más afortunados por supuesto serán recomendados insistiendo en que “no se debe preguntar por qué, simplemente se debe leer”. Divisadero no es uno de esos libros, no lo recomiendo por la sencilla razón de que a nadie le gusta sentir que una pila de hojas que no tienen vida propia te conocen tan a fondo y saben exactamente lo que estás pensando cuando lees. Sin embargo, para los valientes, no esperen prisas ni relatos sorprendentes, aunque serán sorprendidos muy rápido.

Michael Ondaatje. (2008). Divisadero. Bogotá: Alfaguara.