Trece maneras de mirar un mirlo: Trece poetas norteamericanos.

I

Entre veinte montes nevados,

La única cosa en movimento

Era el ojo de un mirlo.

W.S.

Conrad Aiken: Encuentro.

¿Por qué te contemplo? ¿Por qué te toco? ¿Qué busco en ti,

mujer,

que he de apresurarme para estar contigo una vez más?

¿Por qué debo sondear nuevamente tu nada abisal

y extraer nada más que dolor?

Fijamente, fijamente miro tus ojos acuosos; pero no quedo más

convencido.

Ahora que alguna otra vez

de que sólo son dos espejos que reflejan la luz del

firmamento,

eso y nada más.

Y aprieto tu cuerpo contra mi cuerpo como si esperara abrirme

una brecha

directamente a otra esfera;

Y me esfuerzo por hablar contigo con palabras más allá de mi palabra,

en las que todas las cosas son claras,

hasta que exhausto me hundo una vez más en tu nada abisal

y la fría nada de mí:

Tú, riendo y llorando en este cuarto ridículo

con tu mano sobre mi rodilla;

Llorando porque me crees perverso y desdichado; y riendo

por hallar nuestro amor tan extraño;

Con la vista mutuamente clavada en una última esperanza,

ciega y desesperada,

de que el mundo entero cambie.

II

Yo tenía tres modos de pensar,

como un árbol

en el que hay tres mirlos.

W.S.

Elizabeth Bishop: Visitas a St. Elizabeths.

Ésta es la casa de los locos.

Éste es el hombre

que está en la casa de los locos.

Éste es el tiempo

del hombre trágico

que está en la casa de los locos.

Éste es el reloj-pulsera

que da la hora

del hombre locuaz

que está en la casa de los locos.

Éste es el marinero

que usa el reloj

que da la hora

del hombre tan celebrado

que está en la casa de los locos.

Éste es la rada hecha de tablas

adonde llega el marinero

que usa el reloj

que da la hora

del viejo valeroso

que está en la casa de los locos.

Éstos son los años y los muros del dormitorio,

el viento y las nubes del mar de tablas

navegado por el marinero

que usa el reloj

que da la hora

del maníaco

que está en la casa de los locos.

Éste es un judío con un gorro de papel periódico

que baila llorando por el dormitorio

sobre el mar de tablas rechinantes

más allá del marinero

que da cuerda al reloj

que da la hora

del hombre cruel

que está en la casa de los locos.

Éste es un universo de libros desinflados.

Éste un judío con un gorro de papel periódico

que baila llorando por el dormitorio

sobre el rechinante mar de tablas

del marinero ido

que da cuerda al reloj

que da la hora

del hombre atareado

que está en la casa de los locos.

Éstos son los años y los muros y la puerta

que se cierra sobre un muchacho que golpetea el piso

para saber si el mundo está allí y si es plano.

Éste es un judío con un gorro de papel periódico

que baila alegremente por el dormitorio

en los mares de tablas que se van

más allá del marinero de los ojos en blanco

que sacude el reloj

que da la hora

del poeta, el hombre

que está en la casa de los locos.

Éste es el soldado que vuelve de la guerra.

Éstos son los años y los muros y la puerta

que se cierra sobre un muchacho que golpetea el piso

para saber si el mundo es plano o redondo.

Éste es un judío con un gorro de papel periódico

que baila con cuidado por el dormitorio

caminando sobre la tabla de un ataúd

con el marinero chiflado

que muestra el reloj

que da la hora

del desdichado

que está en la casa de los locos.

III

El mirlo giraba en los vientos de otoño.

Era una pequeña parte de la pantomina.

W.S.

e.e. cummings: Que mi corazón…

Que mi corazón esté siempre abierto a los pequeños

pájaros que son los secretos de la vida

lo que sea que ellos canten es mejor que conocer

y si los hombres no los escuchan son hombres viejos

que mi mente pueda deambular hambrienta

y sin miedo y sedienta y flexible

y aún si es domingo que yo pueda estar equivocado

pues cada vez que un hombre tiene razón no es joven

y que yo mismo no pueda hacer algo útil

y amarte más que verdaderamente, mucho más

nunca ha habido alguien tan tonto como para fracasar

al cubrirse todo el cielo con una sola sonrisa.

IV

Un hombre y una mujer

Son uno.

Un hombre, una mujer y un mirlo

Son uno.

W.S.

Robert Frost: Hielo y Fuego.

Unos dicen que el mundo terminará en fuego,

otros dicen que en hielo.

Por lo que he gustado del deseo,

estoy con los partidarios del fuego.

Pero si tuviera que sucumbir dos veces,

creo saber bastante acerca del odio

como para decir que en la destrucción el hielo

también es poderoso

Y bastaría.

V

No sé qué preferir

Si la belleza de las inflexiones

O la belleza de las insinuaciones.

El mirlo cuando silba

O cuando acaba de hacerlo.

W.S.

Emily Dickinson: Morí por la belleza.

Morí por la belleza, pero apenas

acomodada en la tumba,

Uno que murió por la verdad yacía

En un cuarto contiguo.

Me preguntó en voz baja por qué morí.

-Por la belleza- repliqué.

-Y yo por la verdad, las dos son una

-Somos hermanos –dijo.

Y así, como parientes, reunidos una noche

hablamos de un cuarto a otro

hasta que el musgo alcanzó nuestros labios

y cubrió nuestros nombres.

VI

Los carámbanos cubrían la ancha ventana

Con bárbaro cristal.

La sombra del mirlo

La atravesaba, de acá para allá.

El ánimo

Trazó en la sombra

Una causa indescifrable.

W.S.

Anne Sexton: Descalza.

Amarme sin mis zapatos

significa amar mis largas y bronceadas piernas

adoradas, buenas como cucharas;

y mis pies, esos dos niños

que salían a jugar desnudos. Intrincados nudos,

mis dedos. No están más juntos.

Mejor aún, ver las uñas de mis dedos

todos los diez pasos, raíz por raíz.

Todos vivaces y salvajes, este cerdito

fue al mercado y este cerdito

se quedó. Mis largas y bronceadas piernas como

mis dedos largos y bronceados.

Más arriba, mi amor, la mujer

está invocando sus secretos, pequeñas casas,

pequeñas lenguas que te hablan.

No hay nadie más que nosotros

en este fragmento peninsular.

El mar usa una campana en su ombligo

y yo soy tu criada descalza toda

la semana. ¿Quieres salami?

No. ¿Prefieres un wiski?

No. Tú en realidad no tomas. Mejor me tomas

a mí. Las gaviotas devoran peces,

que lloran como niños asustados.

El oleaje narcótico, reclama.

Yo soy, yo soy, yo soy

toda la noche. Descalza,

subo y bajo por tu espalda.

En la mañana corro recámara a recámara

de la cabaña que juega a la persecución.

Ahora me tomas de los tobillos,

subes por mis piernas,

hasta que llegas a perforar el hambre de mis ansias.

VII

Oh enjutos hombres de Haddam,

¿Por qué imagináis pájaros de oro?

¿No véis como el mirlo

anda cerca de los pies

de las mujeres que tenéis alrededor?

W.S.

Karl Shapiro: Un jardín en Chicago.

En mitad de la ciudad, bajo un cielo oleoso,

yazgo en un jardín verde oscuro

que parece sedimento de la imaginación

rodeado a la vuelta por las elegantes espigas de las cercas de hierro.

Mi rostro se vuelve una luna de soles ausentes.

Un tenue calor golpea mi lectora cara;

Las rosas no son rosas en este lugar arenoso.

Pero el azul gris de las lilas sostiene sus campanillas afuera.

Dura zinias y feas caléndulas

y una dulce estatua de un niño apoyado.

Un fluir de poesía en el canalón del otro lado del patio

me hace pensar que yo fui un pájaro de la prosa;

Por sobre la cabeza, en una pesada nube dorada

cuelgan las gordas almas de los animales

y engañan a mis ojos los brillantes puntos de las mariposas

que se encienden y apagan como distantes señales de neón.

Asumiendo que este jardín continuará existiendo

una anciana dama patrulla las zinias

(Ella lanza miradas como George Washington al atravesar el Delaware)

El portero da recorridas hasta el hierro del rail,

los amontonamientos ampulosos del trafico están fuera de ahí,

y a través de la calle, en un bar para negros

con espejos de medianoche, el profesional

toma su primer Whisky de la tarde.

VIII

Sé de nobles acentos

Y ritmos inevitables y lúcidos;

Pero sé, también,

Que el mirlo interviene

En lo que sé.

W.S.

Ezra Pound: Un pacto.

Yo hago un pacto contigo, Walt Whitman.

Ya te he detestado lo suficiente.

Llego a ti como un niño crecido

que ha tenido un padre testarudo;

ya tengo edad para hacer amigos.

Fuiste tú el que partió la nueva leña,

ahora es el tiempo de tallar.

Nosotros tenemos la raíz y la savia:

Que haya intercambio entre nosotros.

IX

Cuando el mirlo se perdió de vista volando

Marcó el borde

De uno entre muchos círculos.

W.S.

T.S. Eliot: Ojos que vi con lágrimas.

Ojos que vi con lágrimas la última vez

a través de la separación

aquí en el otro reino de la muerte

la dorada visión reaparece

veo los ojos pero no las lágrimas

esta es mi aflicción.

Esta es mi aflicción:

ojos que no volveré a ver

ojos de decisión

ojos que no veré a no ser

a la puerta del otro reino de la muerte

donde, como en éste

los ojos perduran un poco de tiempo

un poco de tiempo duran más que las lágrimas

y nos miran con burla.

X

A la vista de mirlos

Volando en una luz verde,

Hasta las celestinas de la eufonía

Lanzarían gritos agudos.

W.S.

Sylvia Plath: Espejo.

Soy plateado y exacto. No tengo preconceptos.

Cuanto veo, lo trago inmediatamente

tal cual es, sin empañar por amor o desagrado.

No soy cruel, sólo veraz:

Ojo de un pequeño dios, cuadrangular.

Casi todo el tiempo medito en la pared de enfrente.

Es rosada, con lunares. La he mirado tanto tiempo

que creo que es parte de mi corazón. Pero fluctúa.

Las caras y la oscuridad nos separan una y otra vez.

Ahora soy un lago. Una mujer se inclina sobre mí,

buscando en mi extensión lo que ella es en realidad.

Luego se vuelve hacia esas mentirosas, las bujías o la luna.

Veo su espalda y la reflejo fielmente.

Me recompensa con lágrimas y agitando las manos.

Soy importante para ella. Que viene y se va.

Todas las mañanas su cara reemplaza la oscuridad.

En mí ella ahogó a una muchachita y en mí una vieja

se alza hacia ella día tras día, como un pez feroz.

XI

Viajaba por Connecticut

En un coche de vidrio.

En un momento dado un temor lo electrizó,

Cuando confundió

La sombra de su equipaje

Con mirlos.

W.S.

Edna St. Vincent Millay: Qué labios mis labios han besado.

Lo que mis labios han besado, y dónde, y porqué

he olvidado, y que brazos han yacido

bajo mi cabeza hasta el amanecer; pero la lluvia

está llena de fantasmas esta noche, que golpean y suspiran

contra la ventana y esperan una respuesta.

Y en mi corazón despierta una callada pena

por los muchachos olvidados que ya no son otra vez

se volverán hacía mi a medianoche con un gemido.

Así en el invierno se yergue un árbol solitario,

no sabe que los pájaros se han marchado uno a uno,

pero si sabe que sus ramas están ahora más calladas;

No puedo contar los amores que han ido y venido;

Sólo sé que el verano canto en mí una vez

por un rato nada más, y ya no canta más.

XII

El río fluye.

El mirlo debe estar volando.

W.S.

Charles Bukowski: Los mejores de la raza.

No hay nada que

discutir

no hay nada que

recordar

no hay nada que

olvidar

es triste

y

no es

triste

parece que la

cosa más

sensata

que una persona puede

hacer

es

estar sentada

con una copa en la

mano.

XIII

Anocheció toda la tarde.

Estaba nevando

E iba a seguir nevando.

El mirlo se posaba

En las ramas del cedro.

W.S.

Walt Whitman: Reconciliación.

Palabra sobre todas, hermosa como el firmamento,

hermoso que la guerra y todos sus actos de carnicería hayan de

perderse totalmente en el tiempo,

que las manos de las hermanas, Muerte y Noche, laven sin cesar,

tiernamente, una y otra vez este mundo manchado;

Pues mi enemigo está muerto, un hombre tan divino como yo

está muerto,

lo contemplo donde yace con rostro blanco y rígido en el ataúd

– me acerco,

me inclino y toco levemente con mis labios el rostro blanco en

el ataúd.

Bibliografía consultada:

-E.L. Revol. (1976). Wallace Stevens: Trece maneras de mirar un mirlo. En Poetas Norteamericanos Contemporáneos (415-418). Buenos Aires: Ediciones Librerías Fausto.

-E.L. Revol. (1976). Poetas Norteamericanos Contemporáneos. Buenos Aires: Ediciones Librerías Fausto.

-L. Untermeyer. (1950). Modern American Poetry & Modern British Poetry. New York: Harcourt, Brace and Company.

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