Sylvia Plath: Blank.

En la mayoría de las biografías de Sylvia Plath, el tema de “su” trastorno bipolar es el principal referente sobre el trasfondo de su obra poética y narrativa. No se dejen engañar. Esto es sólo la manifestación de una sociedad que no puede concebir tanto talento, felicidad y tristeza en la misma hoja de papel, una sociedad a la que le cuesta aprender a disfrutar del dolor y que no puede imaginar al gozo y la depresión tomados de la mano.

“Mutilada psicológica” e “insuficiente” son algunos de los adjetivos que se utilizaron para describir a Sylvia, pero estoy segura de que cualquier persona que haya leído al menos un retazo de su obra sabe que el derrumbe emocional que su poesía transmite está muy lejos de la insuficiencia y muy cerca de todo lo que definimos como divino. Es imposible negar que caminas entre tierra y aire con poemas como Señora Lázaro

Señora Lázaro (Lady Lazarus):

Lo he hecho de nuevo.
Una vez cada cada diez años
lo consigo…

Una especie de milagro ambulante, mi piel.
Brilla como una pantalla nazi,
mi pie derecho

un pisapapeles,
mi cara sin facciones, fina.
Lienzo judío.

Arráncame la toalleta,
¡ah, enemigo mío!
¿Es que aterrorizo?…

¿La nariz, la cuenca de los ojos, toda la dentadura?
El aliento agrio
se desvanecerá en un día.

Pronto, pronto la carne
que alimentó la grave sepultura me será
familiar

y yo seré una mujer sonriente,
sólo tengo treinta.
Y como el gato tengo nueve vidas que morir.

Ésta es la Número Tres.
Qué basura
esto de aniquilar cada década.

Qué millón de filamentos.
La multitud como maní prensado
se atropella para ver

desenvuelven mis manos y pies…
el gran strip tease
damas y caballeros

éstas son mis manos
mis rodillas.
Puedo estar reducida a piel y huesos,

sin embargo, soy la misma e idéntica mujer.
La primera vez que ocurrió, tenía diez.
Fue un accidente.

La segunda vez quise
que fuera definitivo y no regresar jamás.
Arrullándome me cerré

como una ostra en el mar.
Tuvieron que llamar y llamar
y quitarme uno a uno los gusanos como perlas viscosas.

Morir
es un arte, como todo lo demás,
yo lo hago excepcionalmente bien.

Lo hago de modo tal que parece infernal.
Lo hago de modo tal que parece real.
Supongo que podrán decir que es mi vocación.

Es tan fácil que puedes hacerlo en una celda.
Es tan fácil que puedes hacerlo y quedarte ahí, quieta.
Es el teatral 

regreso a pleno día                                                                                                                                                                  al mismo lugar, a la misma cara, al mismo grito
brutal y divertido

“¡Milagro!”
que me deja fuera de combate.
Hay un recargo

para mirar mis cicatrices, hay recargo
para oír mi corazón…
que late de veras.

Y hay un recargo, un precio mayor
por una palabra o un contacto
o un poquito de sangre

o una muestra de mi cabello o de mi ropa.
Bueno, bueno, Herr Doctor.
Bueno, Herr Enemigo.

Yo soy vuestra opus,
Yo soy vuestra valiosa
niña de oro puro

que se funde en un chillido.
Giro y ardo.
No crean que no estimo su enorme preocupación.

Cenizas, cenizas…
Ustedes atizan y remueven.
Carne, hueso, no hay nada ahí…

Un pan de jabón,
un anillo de bodas,
una orificación.

Herr Dios, Herr Lucifer
tengan cuidado,
tengan cuidado.

Sobre las cenizas
me elevo con mi cabello rojo
y devoro hombres como aire.

George Steiner hablaba de “lugares sombríos” en una crítica a Sylvia Plath. Los hay, no sólo en ella sino en todos nosotros. Podemos sentirlos, olerlos. Encuentran lugar como la brisa, sin molestar demasiado, pero haciéndose notar. Versos como “Dying / Is an art, like everything else. / I do it exceptionally well. / I do it so it feels like hell. / I do it so it feels real. / I guess you could say I’ve a call” los hacen resurgir. Es imposible tocarlos, quizá por eso es tan difícil aceptar la congruencia de la felicidad y el dolor.

Cruzando el agua, Espejo, Mujer estéril… redefinen al lector, lo trastocan, semejan el espacio en blanco en un examen… Se supone que debes rellenarlo con lo que sabes, con lo que sobra o lo que falta. Lo importante de una obra literaria no es que genere fama, sino que genere un cambio. Sobre los “cambios” que generó Sylvia Plath en mi, o en cualquier otra persona no hablaré, ya que está de más.

Bibliografía consultada:

-E.L. Revol. (1976). Sylvia Plath. En Poetas Norteamericanos Contemporáneos(281-290). Buenos Aires: Ediciones Librerías Fausto.

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