Pupilas: Rima XIII de Bécquer.

Tu pupila es azul, y cuando ríes
su claridad suave me recuerda
el trémulo fulgor de la mañana
que en el mar se refleja.
Tu pupila es azul, y cuando lloras
las trasparentes lágrimas en ella
se me figuran gotas de rocío
sobre una violeta.
Tu pupila es azul, y si en su fondo
como un punto de luz radía una idea,
me parece en el cielo de la tarde
una perdida estrella.

Gustavo Adolfo Bécquer. (1925). Rima XIII. En Rimas y Leyendas (19). New York: D. Appleton y Cía.

La poesía de Bécquer siempre me ha hecho sentir que vivo en un lugar remoto del mundo donde hay incansables lluvias y mucho frío, quizá el mismo frío que asesinó al poeta; mucho musgo; casas con paredes de piedra; los árboles son frondosos y sus hojas tienen un verde tan intenso, con tonalidades tan variadas que sólo un daltónico podría apreciarlo como se debe.

Entre tanta lluvia que veo caer a través de la ventana, confundo las gotas con pupilas y es allí donde el poema toma sentido. “Tu pupila es azul y cuando lloras / las transparentes lágrimas en ella / se me figuran gotas de rocío / sobre una violeta”.  Bécquer miraba a una persona de ojos azules, pero no era eso lo que veía en realidad.

El veía amaneceres claros, celestes, casi verdes, casi amarillos. Veía mares y océanos y ríos. Veía lluvia, veía flores, veía supernovas. La belleza nos hace egoístas, dejamos de observar a las personas para evocar, recordar o poseer  imágenes aún más hermosas que nos satisfacen mucho más que un ojo humano. Así es la poesía, nos hace viajar mucho más lejos de lo que percibimos, nos transforma. La poesía nos analiza y nos da lo que necesitamos, no sin antes quitarnos lo que nos sobra. Es por eso que cuesta tanto escribir sobre poesía, porque no eres tú quien escribe sobre ella, es ella la que te escribe a ti.

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Para Bécquer la poesía era una mujer de ojos azules, para mi la poesía es… Podría hacer un análisis acerca de este poema, diciendo cosas obvias como que Bécquer hace comparaciones entre las pupilas y la naturaleza, que el tema es el amor, que lo escribió él (por si las dudas), que era un español y que murió de frío y soledad. Pero no, no quiero ser obvia, quiero escribir aquí lo que el poema me susurra al oído.

En la primera estrofa la risa hace presencia, y se presenta tan azul, que se confunde con el canto de los pájaros y el vaivén de las olas. Este poema no es sobre pupilas.

En la segunda, una flor aparece en la escena y deja a todo el público en asombro, al brotar de algo tan íntimo y sincero como el llanto. No, no es sobre pupilas.

En la tercera el poeta se desvía de su camino, o quizá lo encuentra, y ya no es su risa o su llanto lo que le intriga, tampoco lo es el azul de sus ojos: son sus pensamientos, sus ideas, su intelecto se planta en el escenario como el actor que llegó tarde e intenta, en vano, que nadie note su retraso. Definitivamente, no es un poema sobre pupilas.

Si en algún momento Bécquer dejó de observar a la persona para evocar, recordar, o poseer otras imágenes, al instante regresa al presente y deja a un lado las divagaciones para concentrarse en la persona que tiene delante, que es culpable de esos versos tan azules. Esta es la deliciosa dualidad que la poesía nos regala.

Cada poema de las “Rimas” se me antoja como una tienda de muñecos, a los que se les puede apreciar, escuchar, sentir la textura de la tela de sus ropas mientras que el dueño no está mirando, pero no se puede jugar con ellos, porque puede que el poema te conozca más de lo que sabes y sea él quien juegue contigo.

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