La verdad que los muertos conocen, Anne Sexton.

Se acabó, digo, y me alejo de la iglesia,
rehusando la rígida procesión hacia la sepultura,
dejando a los muertos viajar solos en el coche fúnebre.
Es junio. Estoy cansada de ser valiente.
Conducimos hasta el Cabo. Crezco
por donde el sol se derrama desde el cielo,
por donde el mar se mece como una cancela
y nos emocionamos. Es en otro país donde muere la gente.
Querido, el viento se desploma como piedras
desde la bondadosa agua y cuando nos tocamos
nos penetramos por completo. Nadie está solo.
Los hombres matan por ello, o por cosas así.
¿Y qué ocurre con los muertos? Yacen sin zapatos
en sus barcas de piedra. Son más parecidos a la piedra
de lo que lo sería el mar si se detuviera. Rehusan
ser bendecidos, garganta, ojo y nudillo.

Anne Sexton. (1996). La verdad que los muertos conocen. En El Asesino y Otros Poemas (17). España: Icaria Editorial.

(Anne Sexton, premio Pulitzer de poesía 1967.)

Al leer este poema por primera vez, una frase quedó inherente en mi memoria para siempre: “Es en otro país donde muere la gente”. Así, cada vez que una persona cercana a mí muere, observo las reacciones de sus seres queridos, observo también la mía si es el caso. Fijo mi atención en cómo se lidia con el duelo, cómo las personas se sienten antes, durante y después; pero sobre todo soy atenta al después, ya que es allí donde la frase toma sentido. La gente muere en otro sitio, el duelo se vuelve lejano, a veces se olvida, y los que no olvidan parecen estar aquí, pero en realidad se van a ese país desconocido a vivir con los que murieron.

            Anne Sexton transmite en su poema el fin de todo, un final tan definitivo que ni siquiera se da en el mismo sitio donde comenzó. También transmite empatía y tristeza, pero enfatiza la soledad del ser humano, el mismo que cree estar acompañado y es capaz de matar por ello, como dice el texto. Probablemente pueda pasar horas hablando sobre este poema sin encontrar un objetivo crítico, no podría, aunque quisiera, ya que algunos textos son más crueles que otros, o quizá yo sea más susceptible y débil ante ellos. Lo que sí puedo comentar es que el poema empieza por el final, narra el final, y termina en el principio, termina quizá sobre la misma roca donde se escribió, donde la autora tomó lápiz, papel, se sentó y escribió, ordenó sus ideas como solía hacerlo y las plasmó en letras; éstas llegaron a mi y me hicieron pensar, me hicieron llorar una vez, me hicieron recomendar el poema a ciertas personas, me hicieron ganar el premio a la cursilería humana, me hicieron escribir, me hicieron releer, me hicieron encontrar un final. Me hicieron.

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